¿Sigues soñando aún?

Los sueños, tanto se ha hablado de ellos. Seguramente habrás soñado alguna vez. No digo soñar como soñamos todos, por las noches. Me refiero al acto de soñar despierto. Ese acto en mitad de ninguna parte, entre lo voluntario y lo inconsciente, que nos lleva a despegar los pies del suelo, dejar volar la imaginación y traer al presente, en forma de ilusiones, imágenes y figuraciones, trazas de un futuro posible, no por hipotético menos deseado.

¿Cómo eran esos sueños? No, no me interesa conocer tus sueños, al fin y al cabo son personales, tuyos, propios. Estoy más interesado, porque en ello me siento implicado, en cómo has reaccionado ante ellos, qué valor les has dado y qué has hecho de ellos. ¿Vulgares imaginaciones para rellenar el tiempo libre? ¿Ejercicios mentales sin interés real? ¿Hermosas posibilidades que difícilmente podrás llevar a cabo?

Para una buena parte de la sociedad, los sueños han dejado de ser el motor, la gasolina de una voluntad de hierro, la ilusión y la certeza en la posibilidad de un futuro mejor, para pasar a convertirse en algo así como fantasías irrealizables. Hemos perdido (y con esto estoy generalizando, desde luego) la capacidad de enamorarnos de nuestros sueños, de creer en ellos, de pensar que son el primer paso, en el mundo de las ideas, para que lleguen a transformarse en una realidad palpable, como lo son los planos del arquitecto antes que la casa edificada.

¿Sigues soñando? Y si sueñas todavía, ¿sueñas que tus sueños se hagan realidad o sólo sueñas por soñar, gimnasia de la imaginación sin más valor que el de los segundos que deja pasar?

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